De los Silmarils
Tres grandes joyas irrompibles como diamantes pero aún más resistentes. En su interior la luz de los dos árboles de Valinor (Laurelin el dorado y Telperion el plateado) mezclada. Resplandecían como las estrellas en la oscuridad más profunda, y a la luz, su belleza era magnífica, devolviendo la luz con preciosos matices.
Se forjaron por primera vez armas que derramarían sangre de todas las razas. Cuando estuvieron despistados, Melkor y Ungoliant, tras destruir los árboles de luz, mataron a Finwe, rey de los noldor, y robaron las joyas que Fëanor no quiso llevar a la fiesta de la recon-ciliación por que las quería sólo para él y pasaba el día observando su luz. Ungoliant con hambre de luz quiso devorarlos, pero Melkor, Morgoth a partir de ese momento, los quería para él y fue rescatado por sus balrogs y en su reino de Angband. Allí se forjó una corona de hierro negro donde las lució desde ese momento, y sus manos estuvieron abrasadas para siempre por el poder de Varda.
Pero Fëanor llegó mucho antes y tal como llegó se produjo la batalla contra los ejércitos de Morgoth y allí sucumbió el mayor artesano de todos los tiempos antes de la primera aparición del Sol y la Luna que crearon los Valar para volver a iluminar Arda.
Miles de años después murió Fingolfin en combate singular contra Morgoth para intentar acabar con todo el mal del mundo y fue la última vez que se vieron los silmarils hasta que tras la aparición de los hombres mortales, que los elfos temían por el silencio de los valar a este hecho.
El Silmarillion es una obra imprescindible. Aunque su narrativa es más complicada que la del señor de los anillos, merece la pena zambullirse en sus historias una y otra vez.
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